El tema de fraude científico ha sido objeto de numerosos artículos, informes, denuncias y de extensos ensayos y libros. Este hecho, aparentemente insólito, ha despertado el interés de científicos, de  universidades e institutos, de psicólogos, sociólogos y filósofos, así como de políticos de la ciencia.

El debate, como sería de esperarse, se ha polarizado entre quienes pretenden que este acto es algo excepcional en el ámbito de la ciencia y aquellos que señalan que es más frecuente de lo que se piensa y no sólo eso, sino que parece que va en aumento. El tema sigue siendo de actualidad, tanto más cuanto desde entonces han aparecido numerosas denuncias de fraude científico en los más importantes medios de comunicación científica, como Nature y Science y que siguen publicándose ensayos y libros que analizan con preocupación el fenómeno.

Aún más, en los países científicamente desarrollados ya se han establecido oficinas y comités encargados de analizar y sancionar las conductas impropias de los investigadores, mientras que en otros como el nuestro, este espinoso tema no ha despertado la atención que merece.

La mentira, el engaño y el fraude. En los diccionarios las definiciones de estos términos parecen imbricarse y apuntan hacia una sinonimia. La mentira se define como “la expresión contraria a lo que se sabe, cree o piensa”; el engaño es “la falta de verdad” y el fraude es “engaño o inexactitud consciente”. Pero tal parece que en estas definiciones falta considerar la intencionalidad.

La mentira puede ser inocente y hasta piadosa; en cambio el engañolleva implícito el deseo de confundir al interlocutor y el fraude es claramente un delito, encaminado a obtener un beneficio y a lastimar al afectado. Aun así, estas tres categorías de falta a la verdad son éticamente reprobables y pueden adquirir dimensiones legalmente punibles.

En ACTA MÉDICA GRUPO ÁNGELES. Volumen 3, No. 3, julio-septiembre 2005